Recuerdo que mi camarada y amigo Eduardo Frei, al cumplir 35 años de su fallecimiento, en las palabras de Gabriel Valdés (Q:E:D), quien dijo en el año 1987:
“A esta hora caía sobre los demócratas chilenos un peso abrumador. Con congoja en los rostros, nos cogíamos, en la angustia irreparable.
Eduardo Frei había muerto. Estábamos acostumbrados a su presencia, a su serena presencia en todos los momentos de nuestra vida partidaria. En los desfiladeros cuando nos acaban, cuando descendíamos al llano y avanzábamos, cuando la Patria Joven se desplegó desde Arica y desde Punta Arenas en esa maravillosa cruzada que abrazó a todo Chile en un amanecer de donde cuajo el brillo del sol de septiembre.
Es que sabíamos que nos dejaba un hombre excepcional. Con Frei, Chile había cumplido una etapa de crecimiento, de desarrollo, de dignidad, de prestigio. A Frei el pueblo lo había reconocido como un gran hombre, como un político capaz, serio y sensible a sus necesidades. El mundo entero lo respetaba y lo invitaba ¡Que diferencia! Para todos los DC había sido un amigo, un camarada, un hombre sólido en sus convicciones, recto en su vida moral, dedicado con pasión al servicio público, fuerte en su estatura moral y física, en sus manos grandes y en sus ojos profundos. Cuantas enseñanzas nos dejó. Pensador, servidor del pueblo, constructor. Creyó en el pueblo, fue sobrio, no usó palabras soberbias, no odio a nadie. Buscó la paz y no fue como otros, que hacen la guerra porque no respetan a los hombres y mujeres de esta tierra.
Su obra de gobernante tradujo plenamente su calidad Humana. Le preocupaban los campesinos, los trabajadores de la pampa, los niños de las poblaciones, los empleados de las tiendas, los maestros rurales y las poblaciones, los empleados de las tierras, los maestros rurales y las dueñas de casa, los carabineros que vigilan la frontera, el chileno que acarrea su cosecha en barcaza por las aguas de Chiloé Por todos esos chilenos anónimos que constituyen la trama del esfuerzo de trabajo y sacrificio que hacen la nación entregó lo mejor de su vida y de su capacidad.
Su enseñanza mayor es, tal vez, su visión grande de un Chile integrado moderno y eficiente. No formó nunca grupo, ni se organizó para luchar contra otros ni permitió que la lealtad y fraternidad en el partido sufrieron quebrantos. Como Ignacio Palma, como Bernardo Leighton, como Radomiro Tomic, Tomas Reyes, nos enseñó las bases morales de la convivencia partidaria.
Junto a los fundadores del Partido nos imprimió la obligación de trabajar por cambios profundos en la sociedad chilena a fin de superar el capitalismo egoísta y traspasar las consignas del colectivismo aplastante de intentar inflexiblemente hacer realidad en Chile el mensaje cristiano. Por ello su testimonio de vida y de sabiduría hoy, en el Partido y en Chile, es más necesario que nunca. O el Partido mantiene sus ideales de justicia y libertad o no tiene razón de ser. O la hermandad y la lealtad son vividos o no recibiremos la confianza del pueblo. O el partido es popular o no habrá una reconstrucción republicana de Chile.
Camaradas: el recuerdo de Frei nos alienta y nos estimula. Pero los Partidos que nacen con grandes ideales no viven de nostalgia ni del recuerdo del pasado. Acumulan ese pasado como fuente de inspiración y reflexión, pues es el presente y el futuro el que hoy nos desafía.
Reiteramos nuestro proyecto histórico de realizar en Chile reformas profundas que permite asentar una democracia sobre la libertad, la justicia y la dignidad de todos los chilenos. Reafirmamos nuestra voluntad como partido de hacer en Chile una política nacional y popular.”
Rodolfo Marangunic Miranda
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